martes, 11 de agosto de 2015

Pena capital

Nelson Fabián Villarreal*
Twitter: @NFabianVR


En un país centralista como el nuestro, llama la atención que las regiones estén sacando la cara por el desempeño económico del país frente a la difícil situación de Bogotá. ¿Es esto coyuntural o la gestión pública tiene algo que ver?

Hay que ser claros: la economía colombiana no atraviesa por un buen momento. Una devaluación del peso que nos convierte en la economía latinoamericana con la segunda moneda más devaluada de la región, una dependencia de los commodities en niveles casi de época colonial y con unos precios en caída libre, un déficit de cuenta corriente preocupante, los términos de intercambio deteriorados como pocas veces en la historia del país y la actividad productiva en franco retroceso, entre otros factores, no ofrecen un panorama alentador en el corto y mediano plazo. Bogotá, por su parte, ofrece cifras que preocupan aún más si se tiene en cuenta la cuota que la capital representa en el producto nacional (casi una cuarta parte), coyuntura en la cual las regiones parecen salvar la patria y salir airosas –relativamente, por supuesto– de la difícil situación actual.

Como es típico en nosotros los economistas, hay que contextualizar la situación con números. Bogotá ha perdido cerca de 1,5 puntos porcentuales de participación en el PIB en los últimos cinco años; las ventas de vivienda nueva vienen cayendo a una tasa promedio anual de -25% mientras que la dinámica de sus precios se desaceleró hasta un 2,5% real en el último año frente a tasas de entre 8% y 10% observadas en 2013 y 2014; no se han completado obras civiles de gran impacto en el último lustro; el comercio que representa cerca del 16% en la economía capitalina– se contrae al -1% mientras la industria manufacturera lo hace al -4,4% real anualsegún datos de mayo revelados por el Dane; la informalidad ha aumentado cerca de 2 puntos porcentuales en los últimos 18 meses y las exportaciones se han reducido en cerca de 5% en el último año.

Pero he aquí la otra cara de la moneda: ciudades como Barranquilla o Medellín siguen con tasas de crecimiento positivas en ventas de vivienda nueva; Medellín y Cali tienen aún un sector comercial relativamente sólido que, aunque cada vez a menor ritmo, continúa creciendo a tasas cercanas al 3%; el segundo peor desempeño regional en la industria manufacturera después del de Bogotá es el de los Santanderes que apenas contrajeron su producción un -0,1%, a la vez que otras regiones como Cali, el Eje cafeteroMedellín y la costa Atlántica exhiben tasas de crecimiento positivas superiores al 2,5% y ésta última alcanza casi un 5,4% de crecimiento; Medellín con su tranvía y otras regiones con sus sistemas de buses con carril exclusivo u otras obras de infraestructura han sido cobijados con la sombra de un árbol más benévolo que el que tiene Bogotá a su lado, que apenas ha logrado llevar a cabo obras públicas importantes.

Con esto y dejando de lado la discusión sobre si la forma en que están siendo gobernadas la capital y las demás ciudades del país es progresista o no, si se apunta al desarrollo o si se permite el deterioro de cada ciudad, vale la pena entonces preguntarse: ¿en realidad lo que sucede en Bogotá está relacionado con la coyuntura económica actual tanto a nivel nacional como internacional? O, ¿lo que viene sucediendo en las distintas ciudades del país es el resultado de la gestión pública? Cada cual tendrá sus argumentos para responder estos cuestionamientos.


Economista y M.Sc. en Economía, Tilburg University

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad única y exclusiva del autor y no reflejan ni representan en ninguna medida aquellas de las instituciones con las que él está vinculado.

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